Capítulo XXXVII

Capítulo 37-a

Seguí caminando sin mirar atrás y pensaba en qué le voy a decir a mi amiga; cómo iba a tomar lo que acababa de pasar. También pensaba que si era yo la portadora de las malas noticias, Antonella se daría cuenta que yo estuve con su abuelo y hasta me podría reprochar que por qué no hice nada por salvarlo. Pero claramente había que estar ahí, en ese momento.
Tomé un taxi y me dirigí en silencio a la casa, la taxista muy simpática ella, como la gran mayoría de los taxistas, intentaba amenizar el viaje y me hacía preguntas. Probablemente mi rostro denotaba una angustia muy marcada y era algo que ni el mejor maquillaje podría cubrir ­—:
—Señorita, disculpe que me meta en lo que no me importa, pero se nota que usted es muy dulce y verle su carita de pena, me conmueve. Tome, por lo pronto le regalo mi pañuelo para que se seque esas lágrimas que se nota que quieren salir a raudales. ¿Peleó usted con su novio acaso?
—No, todo bien en ese sentido. No sé si se habrá ya enterado del gran accidente que hubo en la iglesia que está aquí cerca.
—De hecho, no. Como puede ver, no estoy con la radio encendida, porque lamentablemente me cuesta mucho conducir y concentrarme cuando escucho música. Como que de pronto me dan ganas de ponerme a bailar y hacer coreografías —dijo mientras movía las manos como bailando. Lo cual me dio mucha risa.
—Eso, señorita. ¿Ve que así es mejor? Tiene usted una bonita sonrisa y la anda escondiendo. ¡Ah, ya sé, lo que pasa es que usted es tan linda que quiere cobrar por su sonrisa! Está bien, la llevaré gratis, solo porque me regaló su bonita sonrisa.
—No es necesario que haga eso, es su trabajo y no siento justo que lo esté regalando a cualquiera.
—No es un regalo, tómelo como un préstamo. Yo, de corazón espero que Dios pueda sanar su corazoncito. Al menos me quedó conforme de que la hice reír.
—Gracias, se pasó. En gran parte me ayudó bastante a por lo menos durante este trayecto a no pensar en lo que se me viene encima.
—¿Adónde? —preguntó, y miraba hacia el techo cubriendo su cabeza, como si esperara que algo le cayera del cielo. Verdaderamente era una maestra en psicología y comedia. Ciertamente me dejé llevar por su improvisada rutina móvil, la que me hizo sentir mucho mejor. Ella no me quería cobrar y en realidad con el show que me estaba brindando, yo, le quedaba debiendo aunque le hubiera pagado.
—Aquí en esta esquina me bajo, pero la verdad, por mí, me quedaría viajando con usted en el auto todo el día. Es usted demasiado simpática y muy sencilla. Se nota que es super buena persona, y quisiera saber si es posible, que mantengamos el contacto, por cualquier cosa; además recuerde que tengo que pagarle el préstamo que me hizo. Usted misma dijo que no era un regalo.
—¡Ja, ja, ja! Lo decía en sentido figurado. Pero sin necesidad que sea por la devolución, encantada le paso mi tarjeta, solo deje que tache estos teléfonos que son números que ya no corren porque como me han asaltado, me han robado ya, dos teléfonos y por eso ahora uso este viejito, pero confiable —comentaba mientras me anotaba su nuevo número.
—Okey, señora, Naty Lozada, mucho gusto, yo me llamo Brenda, para servirle. Ha sido un verdadero placer viajar con usted.
—El gusto ha sido todo mío. Espero que la próxima vez que nos veamos, esa carita esté rebosante de felicidad y alegría.
—Así será. Se lo prometo. Adiós.
—Adiós, Brenda.
<<Ciertamente Dios, sabe por qué hace las cosas, es increíble que me mande un ángel en forma de taxista solo para tranquilizarme>>.
A partir de hoy, me declaro una fan del grupo de Dios. Además que a don Junior, demás que lo nombran administrador vitalicio, porque era muy sabio. Me siento bien recordando de esa manera a don Junior, mis nervios y rabia se han ido desvaneciendo, sobre todo con la ayuda de la señora Naty Lozada, qué mujer más agradable. Creo que le voy a proponer más adelante si quiere ser mi radiotaxi particular, así ambas ganamos; yo su grata compañía y ella un dinero extra, o le pago con la mejor de mis sonrisas. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué egocéntrica saliste, Brenda!
Bueno, ahora a lo que nos convoca. Primero voy a tomarme las cosas con calma. Llegaré primero a mi casa y luego iré con mis padres, si desean acompañarme, a casa de Antonella.
—¡Hola mamá, hola papá, ya llegué!
—Hola hija, que bueno que llegaste, justo había preparado panqueques para el té —me ofreció mi mamá.
—¡Qué rico!, pero tengo algo que contarte que no habrá azúcar en el mundo que logre endulzarlo.
—¡Qué cosas dices, hija!, a ver, qué será eso. No creo que sea lo que estoy pensando, ¿verdad?
—Pero, mamá, ¿cómo voy a saber qué estás pensando? Aunque por tu cara, creo que lo imagino y no. Me cuido mamá. Es peor.
—¿Peor? ¿Qué puede ser peor? ¡Bastián! ¿Le pasó algo?
—No, mamá. Y no quiero que juegues a adivinar. Se trata del abuelito de Antonella.
—¡Ah, bueno, si, lo conocimos en el almuerzo del otro día! ¿Qué pasó con él?
—¡Murió, mamá! Tuvo un accidente. Lo atropellaron.
—Espera, ¿quééééé? ¿Pero cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo?
—Esta tarde, dos autos chocaron de frente y él estaba al medio. Fue aquí en la esquina de la iglesia de la comuna. ¡Fue horrible, mamá! Y lo peor es que yo lo vi. Estaba ahí cuando esto pasó.
—Pero, Brenda, hija, ¡no lo puedo creer! ¿Y tú estás bien? La verdad no sé que decir, me pillaste helada.
—Sí, mamá, yo estoy bien. Te lo conté, porque necesito que me acompañes con papá a darle la noticia a mi amiga y los tíos.
—Claro que sí, hija, le voy a avisar a tu papá que está arriba en el baño. No sé cómo lo va a tomar tu padre. Intentaré contarle con mucho tino. Primera vez que me toca dar este tipo de noticias.
—Siempre hay una primera vez para todo, mamá. Mientras yo me como unos panqueques para agarrar valor de enfrentar a mi amiga y estar con ella para darle consuelo. Es mi deber de amiga.
—Lo sé, hija. Antonella, es tu hermana. La relación que tienen ambas es muy fuerte y es en momentos como este cuando debe demostrarse la verdadera amistad. Dame un minuto y preparo a tu padre.
—Okey, mamá -disculpa que te lo diga en este momento, pero tus panqueques son los mejores del mundo.
—Gracias, hija. Vengo enseguida.
Al rato, mis padres ya estaban conmigo. Listos para acompañarme a la casa de Antonella. Mi papá apenas me vio, me dio un gran abrazo, con el que me decía tantas cosas sin pronunciar una sola palabra. Así que solamente le dije, ¡gracias!
Llegamos a la casa de los tíos, tocamos el timbre y salió el tío a abrir la puerta. Su mirada fue de asombro cuando nos vio a todos juntos a esa hora frente a su casa.

Capítulo 37-b

—¡Hola, Alfonso, buenas noches!
—¡Hola, José, vecina, Brenda! ¿Qué los trae por aquí y a esta hora?
—Tenemos algo que decirles, pero a todos. ¿Podemos pasar? —preguntó mi papá.
—¿Eeh, claro, pasen, pasen! Disculpen lo descortés, pero estoy intrigado. ¿Qué será lo que nos quieren decir?
—Tranquilo, no sé cómo lo van a tomar, y por eso estamos todos aquí —anunció mi papá, mientras entrábamos a la casa de Antonella.
—¡Hola, buenas noches! Tomen asiento, ¿les ofrezco algo para el frío, un té, un café…? —dijo la tía, al tiempo que nos saludaba de beso y abrazo a cada uno.
—Bueno, ya estamos todos aquí. Ustedes dirán; ¿qué tienen que decirnos? —preguntó, el tío Alfonso.
—No estamos todos, falta mi amiga. —Acoté.
El tío miró sorprendido a mis padres, y ellos asintieron con la cabeza al unísono. Por lo que el tío miró a la tía Florencia y esta se paró en el inicio de la escalera y gritó hacia el segundo piso:
—¡Antonella, hija, baja un momento por favor! Vino tu amiga y los tíos de visita.
—¡Enseguida bajo mamá!
Al minuto mi amiga venía bajando las escaleras —:
—¡Hola, tíos, buenas noches! ¡Hola, amiga! Que rico que vinieran. Pero, no traen buena cara. ¿Qué pasó? —inquirió mi amiga, que por el rictus y seriedad de nuestros rostros, intuyó que no éramos portadores de buenas noticias…
—Antonella, eres muy intuitiva. Ciertamente, no traemos buenas noticias para nada. —Anunció mi papá, con tristeza.
—Bueno, ¿y de qué se trata? ¡Hablen ya, por favor! —exigió, el tío.
Y entonces, mi papá se puso de pie y mi mamá inmediatamente lo emuló, y yo hice lo mismo; tomó aire y dijo:
—Mi hija, Brenda tiene algo importante que decirles.
—¿Qué, yo? —ciertamente, mi papá, no iba a ser capaz de decirlo. Como último recurso, miré de reojo a mi mamá y me hizo un gesto con sus manos de que ella tampoco podía decir nada. <<no me queda más que tragar saliva y enfrentar la situación sola>>. Así que me armé de valor y viendo sus rostros de intriga y angustia, comencé a relatar lo sucedido, con el mayor tino y respeto posible:
—Tíos, amiga. Necesito que sean fuertes para lo que les tengo que contar.
Se trata de don Junior —agregué.
—¡Mi papá! ¿Qué le pasó a mi papá? Habla, Brenda, por favor. ¿Le pasó algo malo a mi papá? —me interrogó, el tío.
Yo solo lo miré.
—Brenda, contesta. ¿Le pasó algo a mi abuelo? ¿Qué es lo que sabes?
—¡Ay, amiga! Que difícil. Pero sí, tu abuelo tuvo un accidente esta tarde. Fue atropellado. —Concluí, apenas.
—¿¿Quéééé?? No puede ser, mi papá. ¡Nooooo! Pero, ¿cómo, dónde, dónde está? ¿Está él, bien?
—Alfonso, tienes que ser fuerte. Tu papá falleció en el lugar. —Sentenció, mi papá, al tiempo que abrazaba al tío que estaba desconsolado. Yo por mi parte, abracé a Antonella que estaba perpleja, muda. Parecía que no estaba con nosotros. Y mi mamá estaba tomada de las manos con la tía, Florencia.
—”Anto”, amiga, ¿estás bien? ¡Anto? —Tía, la Anto no está bien. Le puede traer agua, por favor. —¡Amiga, por favor, reacciona!
Antonella bebió el agua con ayuda de la tía. Mi amiga estaba en un profundo shock con la noticia.
El tío, tampoco la pasaba bien, abría la boca como para gritar, pero no le salía la voz, tenía un llanto ahogado que hacía que nuestros corazones se estremecieran ante tanto dolor y sufrimiento que demostraba el tío.
De pronto, Antonella —que estaba sentada en el sofá, como la había dejado, la tía—, se puso de pie y echó a correr escaleras arriba hasta llegar a su habitación y cerró la puerta de un portazo. Todo ocurrió tan rápido que no pudimos hacer más nada que mirar.
Yo me decidí y subí detrás de ella. Pero a escasos metros de la habitación de mi amiga, escuchamos todos algo que nos heló la sangre.
Antonella, se reía a carcajadas… —Claramente, algo no andaba bien en mi amiga, después de enterarse de la muerte de su abuelo.
Seguí acercándome a la puerta de su habitación y toqué con fuerza:
—Toc-toc-toc, ¡Amiga! ¿Estás bien? Abre la puerta, por favor. Quiero ayudarte. No te hace bien estar sola en este momento, y no estás sola. Yo siempre estaré contigo. No te dejaré sola.
—¡Vete, váyanse de mi casa!, —gritó, Antonella, fuera de sí.
—No, amiga. Si quieres mis papás se van, pero yo de aquí no me muevo. Me quedaré afuera de tu habitación hasta que abras la puerta. En algún momento tienes que salir de ahí.
—Como quieras. Tú, no eres mi amiga. Tú estabas con él. Por eso sabes lo que le pasó. Dime la verdad. ¿Estabas con mi abuelo, cuando lo atropellaron?
—La verdad, es que sí. Estaba con tu abuelo cuando lo atropellaron. Pero no pude hacer nada. Intenté correr, pero todo pasó muy rápido. Él quería que supieras que te ama mucho, que siempre te va a amar, y me pidió que te cuide. Eso fue lo que me dijo cuando conversamos, minutos antes del accidente.
Amiga, no estaría acá, dando la cara, si no fuera así. Déjame ayudarte. No estás bien. Y no quiero que te pase nada malo, amiga. Por favor, abre esa puerta.
—¿Quieres que me vaya? Okey, me voy, pero antes abres la puerta y me dejas ver que estás bien, y me voy. ¿Trato hecho?
Entonces, la puerta se abrió lentamente…

Capítulo 37-c

Fueron segundos que parecieron horas, mientras se abría la puerta. Miré al salón y todos estaban pendientes y en vilo de lo que aquí arriba estaba aconteciendo.
Nadie se atrevía a destruir el silencio reinante en la casa, y para no desentonar con la solemnidad de la situación, entré a la habitación de Antonella, decidida a ayudar a mi amiga.
Cerré la puerta para tener la intimidad necesaria que solo dos mejores amigas se merecían —más silencio.
Salí de la habitación de mi amiga en el mismo rito de solemnidad con el que había ingresado. Me paré en el rellano de la escalera y ante la mirada atónita de todos, suspiré y di la amarga e insólita noticia; mi amiga, Antonella, se había escapado. No estaba en su habitación y la ventana abierta, delataba su huida.
Todos, en fila se apresuraron a subir las escaleras para comprobar por su cuenta la veracidad de la noticia, me crucé con cada uno y con la mirada les confirmaba, pero entendía la situación y claramente, tenían el derecho a comprobarlo. Yo bajé al salón y salí directo a la calle a mirar por si encontraba a mi amiga o algún indicio que me indicara su destino. Pero no hallé nada. Ni rastros de mi amiga.
Desde la ventana de la habitación de Antonella, sus padres miraban hasta donde sus ojos le permitían llegar y también me dijeron que no se veía nada. Era de noche y la luz de la calle estaba tenue y comenzaba a salir una espesa niebla que no ayudaba mucho en nuestro empeño.
Finalmente, mis padres salieron de la casa de Antonella, escoltados por los tíos—:
—Bueno, Alfonso, ¿están seguros que estarán bien? ¿No quieren que los acompañe en la búsqueda?
—Tranquilo, José, estaremos bien. Cualquier cosa te llamo para avisarte. Lo que les pido es, si pueden dejen que “Flo”, se quede con ustedes, en su casa, hasta que yo regrese. Por favor.
—¿Qué? Claro que no, Alfonso, te volviste loco. Yo no te voy a dejar ir solo. Yo voy contigo —alegaba la tía, Florencia.
—No, mi amor. Tú debes estar aquí, cerca, por si nuestra hija regresa. Pero no sola. Yo, estaré bien. Ya me siento más tranquilo por lo de mi papá. Ahora solo pienso en recuperar a mi hija, sana y salva.
—Alfonso tiene razón, Florencia, debes estar aquí, pendiente por si Antonella llega —le aconsejó, mi mamá, a la tía.
El tío se subió a su auto y se fue a la búsqueda ciega de Antonella. La tía a regañadientes lo vio alejarse y todos nos metimos a la casa. Mis padres y la tía, se fueron directo a la cocina y yo, subí a mi habitación. Iba a buscar mi teléfono para llamar a mi amiga.
—Ni bien entro a la habitación, y me encuentro con Antonella, sentada, de espaldas, mirando por la ventana hacia la calle.
Mi impresión fue tan grande, que lo primero que pensé fue en gritar que la había encontrado, pero algo en mí, me detuvo y solo entré en silencio y como si de un dejá vu, se tratase, cerré la puerta para hablar con mi amiga a solas.
Me acerqué muy lentamente a mi amiga y toqué su hombro y ella se giró igual de lento que mi accionar.

Unexma – Alma sin alma ©
Todos los Derechos reservados ®
Autora: Lorena Castro C.
Chilena.
Lorena Escritora en facebook.
@lorenaescritora en instagram.

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